07/04/2017 | CIENCIAS EXACTAS Y NATURALES
Azul un ala
Químicos del CONICET La Plata analizaron una de las banderas argentinas preservadas de mayor antigüedad y revelaron el color original de sus extremos
Della Védova y Romano
Carlos Della Védova y Rosana Romano. Fotos: CONICET Fotografía.

En febrero de 1812 Manuel Belgrano, jefe del Regimiento de Patricios desde noviembre del año anterior, se encontraba en Rosario a orillas del Río Paraná al mando de las baterías Independencia y Libertad para contener posibles avances de las fuerzas realistas desde Montevideo. En esta circunstancia, debido a la necesidad de poder distinguir las tropas propias (las patriotas) de las enemigas (las realistas), creó la escarapela y enarboló por primera vez la bandera que con el transcurso del tiempo sería la argentina. Poco después, el otrora vocal de la Primera Junta marchó hacia Jujuy para hacerse cargo del Ejército Auxiliar del Perú.

Los colores de aquel pabellón son todavía motivo de polémicas historiográficas: mientras algunos afirman que era blanco y celeste (o sea, la tonalidad que hoy conocemos bajo ese nombre), otros replican que era blanco y azul. Para aportar a la resolución de esa controversia, científicos del CONICET en el Centro de Química Inorgánica “Dr. Pedro J. Aymonino” (CEQUINOR, CONICET-UNLP) – junto a investigadores de la Universidade Federal de Juiz de Fora (Brasil) – analizaron espectroscópica y químicamente hebras de la bandera argentina que según algunos historiadores resulta ser la conservada más antigua, la del Templo de San Francisco en Tucumán, y concluyeron que los extremos superior e inferior eran azules, más precisamente de un tono correspondiente al pigmento azul de ultramar.

La bandera en cuestión fue ordenada por Bernabé Aráoz, primer gobernador intendente de Tucumán y síndico del Templo de San Francisco en aquella provincia. En aquella insignia podía leerse en letras mayúsculas y amarillas: ‘A la Escuela de San Francisco, Tucumán 1814, Donó Bernabé Aráoz’. Los investigadores también determinaron que el material de la pintura usada para esta inscripción fue crocoita, un mineral de cromato de plomo (PbCrO4).

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“Si bien esta no es la bandera que se izó en febrero de 1812 a orillas del Paraná, hay motivos para creer que Aráoz debe haber tomado el modelo de su creador, a quien era cercano. Fue el tucumano quien tras el Éxodo Jujeño lo habría convencido en el paraje de La Encrucijada para enfrentar las tropas realistas en su provincia y no en Córdoba, como había ordenado el Primer Triunvirato. Además, Aráoz recibió comentarios laudatorios por parte del jefe del Ejército del Norte tras la Batalla de Salta en febrero de 1813”, afirma Carlos Della Védova, investigador superior del CONICET y director del CEQUINOR, a cargo de la investigación recientemente publicada en la revista Chemistry Select.

Un tercer dato que se pudo verificar en esta investigación es que el pabellón donado a la Escuela de San Francisco estaba hecho con seda. Claro que la bandera resguardada en Tucumán y las muestras a las que tuvieron acceso los investigadores están lejos de conservar su color original.

“Hoy son prácticamente incoloras por efecto del deterioro debido a la luz y la atmosfera de Tucumán a lo largo de los años. El polvillo que se genera en la cosecha de la caña de azúcar (zafra) resulta ser un testigo actual de la contaminación a la que fue expuesta esta reliquia”, apunta Della Védova.

Los investigadores tuvieron entonces que proyectar los colores originales a través de la detección de los componentes de las muestras mediante fluorescencia de rayos X, espectroscopia Raman y análisis químicos.

“Lo que hicimos fue analíticamente exponer a una hebra de la bandera al ataque de ácido clorhídrico relativamente concentrado y vimos cómo disminuían en conjunto todos los componentes del lapislázuli, o azul de ultramar”, comenta el investigador.

Los investigadores pudieron proyectar un código para el color de los extremos de la bandera y el de la inscripción en amarillo en la escala RGB -que en inglés significa Rojo, Verde y Azul-. Este modelo permite representar colores a partir de coordenadas que toman en cuenta valores en la adición de los tres colores de la luz primarios. Mientras los valores del azul de ultramar son R: 10, G: 63 y B: 122, los del amarillo de cromo de las letras son R: 255, G: 204 y B: 15.

Finalmente, el análisis de los materiales también permitió constatar que se realizaron sobre la bandera tratamientos para intentar protegerla de la acción corrosiva del tiempo. “Pudimos comprobar que fue tratada uniformemente con una sal de estaño. Esto debió servir para cuidarla, por ejemplo, del ataque de las polillas y coincide con lo que nos dijo Cecilia Barrionuevo – la persona que nos facilitó las muestras- quien nos señaló que la bandera había sido tratada para su preservación”, cuenta Della Védova.

Barrionuevo es la restauradora de la Casa Histórica de la Independencia en Tucumán y calcula que la bandera debe haber estado alrededor de 70 años expuesta en el Templo de San Francisco, al lado del altar, hasta que en 2012 la bajaron para tratarla. “Estaba arrugada debido a que el marco en el que la habían colocado era de un tamaño mucho menor al de la bandera, pero colocada de tal modo que se vieran la fecha y el lugar de la inscripción”, explica. Barrionuevo también cuenta que hay registros de que en 1920 fue remendada con un paño que se le agregó con el objetivo de consolidarla.

En definitiva, el análisis por medio de fluorescencia de rayos X, de espectroscopia Raman y análisis químicos de una hebra de una pieza histórica como la bandera argentina del Templo de San Francisco posibilitó determinar datos precisos sobre este objeto -el material de su confección, el color original de los extremos y de la inscripción así como el tipo de tratamiento que recibió para su preservación-, pero fundamentalmente permite inferir cómo era el pabellón izado por Belgrano en 1812 a orillas del Paraná.

Era azul de ultramar y blanco.

“En conocimiento de la existencia de la bandera en la Iglesia de San Francisco en Tucumán, el día 22 de noviembre de 2013 me animé a intentar conversar con fray Marcos Porta Aguilar, guardián franciscano de la Basílica, dado que ese día la noticia sobre mi designación como Profesor Extraordinario de la Universidad Nacional de Tucumán estaba publicada en los diarios y mi visita inesperada y propuesta inusitada, la de acceder a una reliquia histórica, tendrían algún tipo de sostén. Luego, con la inestimable colaboración del padre Marcos y de la Lic. Cecilia Barrionuevo, se comenzó a transitar esta historia”, cuenta Della Védova sobre cómo empezó esta investigación.

Por Miguel Faigón

Sobre investigación:

Carlos Della Védova. Investigador superior. CEQUINOR.

Rosana M. Romano. Investigadora Principal. CEQUINOR.

Rodrigo Stephani. Universidade Federal de Juiz Fora.

Luis F. Cappa Oliveira. Universidade Federal de Juiz Fora.

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